
Nunca llueve sobre el Sáhara
Cuando se tiene la
suerte de ser amigo de Pedro Martínez, se sabe que, casi con seguridad, uno va a
poder disfrutar del privilegio de asistir a los primeros días de vida de alguno
de sus relatos.
No quiere eso decir que el relato nos llegue balbuceante ni
desdibujado, a la espera de mano firme que lo ponga en pie. Muy por el
contrario, su solidez y frescura hacen que uno se encoja y compruebe, una vez
más, que el talento para narrar no está reñido con la emoción que sabemos guió
la mano del autor en la tarea.
Nunca llueve sobre el Sáhara es una buena muestra de lo
que queremos decir. A lo largo de los 18 cuentos que componen el libro, se
recorren tantos universos como recuerdos y esperanzas caben en el alma de un
hombre que, a sus años, puede permitirse el lujo de pactar con el diablo en los
mejores términos, pues son tantas las sensaciones que se trasmiten en los
espacios entre líneas, como experiencias vividas en carne propia aparecen en la
letra impresa.
La mirada de divertida curiosidad del niño que habita el mundo,
no tan lejano, de Tarde de sábado, contrasta con la amargura adulta que
aún tiembla ante el verdadero nombre de las cosas. Cuando el abuelo nos daba
permiso para cenar y los deberes se hacían en la misma mesa camilla en la que la
madre escogía las lentejas, al calor del brasero y al olor de las ramas de
romero quemadas.
Sólo la voz y la mirada de los niños tienen sentido en
El río petrificado, donde la historia se quedó congelada en ese purgatorio
al que iban las almas infantiles, según decía la maestra. Tantas historias
calladas en la memoria de tantos. Cuantas pequeñas orejas pegadas a las puertas,
intentando comprender…
También su amada tierra, Asturias, aparece en los relatos para
cobijar en sus cuevas a los últimos maquis, en El silencio del valle; a
los enamorados de las xanas, ninfas del agua cuyo canto y belleza les llevaba
hasta la locura, en Hilo de oro; al triste cuélebre, de La mar tapada,
todos aquellos que, embrujados por leyendas o ideas, recorrían los mismos montes
en busca de amores imposibles.
Resulta sorprendente la magnífica memoria de la que hace gala
Pedro Martínez al recrear, con todo lujo de detalles, momentos que nos devuelven
a una juventud, ya lejana en el tiempo, en relatos tan evocadores como Todos
eran iguales, menos uno; Disparos en un parquin o Toubkal,
haciendo posible la visión de una imagen caleidoscópica tan nítida que nos
permite volver a sentir con idéntica emoción los viajes, la música, los
desamores, las puestas de sol, las fiestas con amigos, los olores de la tierra,
las pequeñas traiciones… vivencias, al fin y al cabo, de las que se nutrió toda
una generación, hija de la posguerra española, y preocupada por hacerse oír por
encima del estruendo de la Fiesta Nacional.
El buen oficio con el que se tejen las historias en relatos como La soledad de la gata, El botones, El Viento, La mano inocente o El abrazo, y el aire que se respira en Jugando con Alicia y Ahora que te vas…, pequeño homenaje a los juegos que tanto le gustaban al último cronopio, confirman la teoría de que «un cuento es una historia contada de la única manera posible» y en este libro, en el que no sobra ni falta una sola coma, hay tantas formas distintas de contar historias como relatos figuran en el índice, habitados por personas de carne y hueso, de una humanidad tal que dan ganas de preguntar al autor qué ha sido de ellos, mujeres-frontera como Myriam Anita, Aura, Engracia, Paqui, Carmela… hombres compactos como Dionisio, Paco o Ramón, don Pablo, el tío Luís, Jacinto… y los niños, esos niños que fuimos y que ahora nos devuelve el espejo gracias a la magia de las palabras en manos de tan buen artesano.
Y lloverá en el Sáhara tantas veces como queramos, siempre y cuando seamos capaces de leer entre las líneas de un texto, oír los sonidos que escapan del silencio, cuando los mensajes que enviamos naveguen paralelos a los mensajes que recibimos sin que ello nos turbe, cuando venzamos el miedo a la muerte con las mismas armas con las que aprendimos a combatir en la vida, cuando sepamos trasmitir a nuestros hijos que lo mejor de esa vida es gratis y nadie puede arrebatárnoslo y, sobre todo, cuando no perdamos la capacidad innata de reírnos de nosotros mismos, de lo que el autor de este libro da sobradas muestras. Gracias a cierta literatura y gracias a algunos escritores, muchos de nosotros nos reconciliamos diariamente con el mundo con el único propósito de seguir disfrutando de libros como éste.
Carmen Ropero
(febrero de 2008)
(Fotografía de portada de Nunca llueve
sobre el Sáhara, por
Diego Martínez Carulla)
Se ha dicho también...
- Nacho Fernández (Director de la
Revista Literaturas.com): «Nunca llueve sobre el Sáhara, que da
título al libro, habla de un escritor que ve la muerte y tira todo lo escrito,
pues no quiere volver a publicar. La figura de la botella, con sus mensajes
manuscritos, es una reflexión sobre la literatura y los autores ahora...».
- Miguel Baquero
(escritor): «He recibido el último libro de cuentos de mi amigo Pedro Martínez
Corada. Se titula Nunca llueve sobre el Sáhara y lo he leído con mucho
gusto. Posguerra, casas de vecindad, mujeres que cosen bajo una bombilla, bares
donde sirven vino barato, pero bueno, y cocido los miércoles, conversaciones
antifranquistas en voz baja, plan Marshall y Mantequerías Leonesas… Y por el
otro lado, la vieja mitología asturiana de bruxas, xanas y
cuélebres, historias fantásticas en torno a las cuevas del Cuera, caseronas
aisladas, conjuros en bable…» (Leer reseña en
La tormenta en un vaso).
- Eduardo Martos, escritor (El
Aleph): «Durante sus 137 páginas me ha sorprendido una prosa limpia y
precisa, despojada de adornos innecesarios, de recarga inútil; una prosa que
también es dura y seca, como los parajes y los personajes que componen el
mosaico del libro. La dureza, la dificultad, lo árido, no está en la forma, sino
en el fondo que subyace incluso por debajo de las tramas...».
- Guillermo Ortiz,
(escritor): «Nunca llueve sobre el Sáhara está lleno de sangre, semen,
saliva y orín. No al estilo Bukovsky o Burroughs, desde luego. Pero sus
personajes se arrastran por las simas de las montañas, por los riscos, por las
tragedias, por las calles de un Madrid de postguerra que huele a lentejas y
entresijos. A verbena. Sus personajes están solos, con su alma y su cuerpo y su
dolor. Es un libro lleno de dolor y nostalgia. De tristeza. Y es que la
literatura no tiene por qué ser triste necesariamente, pero casi siempre el que
escribe es un nostálgico, y con la nostalgia hay que tener un cuidado increíble.
Escribir, a menudo, es volver a vivir aquello que nos hizo felices, o infelices,
aquello que nos hizo sentir algo, en cualquier caso».
- María Aixa
(escritora): «Martínez posee un forma de narrar concisa, depurada, limpia de
pretextos, con el atrevimiento de los primerizos cuenta, narra historias,
apegadas a la existencia, a la realidad, de forma brillante y eficaz».
- Óscar Portela,
escritor (a propósito del relato Todos eran iguales, menos uno): «Las
pullas de Valery contra la prosa —esa prosa excesivamente racionalista y
esquemática que asoló Europa en los últimos decenios— se estrellan contra la
prosa de Martínez Corada: ella se sustantiva a partir de una poética "de la
nostalgia", de una certeza que enciende la lumbre de aquellas horas casi
sagradas que templan el alma del poeta: (todo ha terminado y el recuerdo del
último Dios) y en ésta como en otras narraciones, la muerte (la doncella
intocada y virgen) se da la mano con la flecha de Eros: no se trata de una prosa
suntuosa, no: es una prosa que fluye de un manantial, de un venero de
sentimientos que le dan la verdad que toda poética lleva en sí.
Sentimientos no significa sentimental, significa el
coeur mas hondo, más profundo, aquel que nos une a tierra como morada y que
ya se ha desertificado para siempre: allí, bajo la lechosa luz de la luna, sólo
la lucha de los opuestos —un acto de amor— puede salvarnos: un pasaje en un
cementerio bajo la advocación de Rilke o de Milosz.
Cada frase, cada sustantivo o adjetivo de Pedro
Martínez Corada parece mojado en los pasteles de Rosseau. En verdad heme vuelto
remiso a las narraciones en los últimos tiempos, pero los vientos que provienen
de la imaginación y el sentimiento de la alteridad de lo "otro", en un mundo
vacío de sentido que aparecen en la prosa de Pedro Martínez Corada, me han
tocado, me han conmovido profundamente. Cuando dé a luz su primera novela
veremos aparecer debajo de esa escritura una criatura gigantesca. Mitad Ángel,
mitad Demonio en memoria de Blake».
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□ Portafolios de fotografías en Cuentalia
Expedición América 500 | England (1970-1980) | Imaginarium | Marruecos en los '70 | |Nueva York (1992) | Praga | Festival Pueblos Ibéricos (1974) | Solitudes | El Orgullo Gay en Madrid (2005-2006) | San Pedro de Atacama; Chile (1978) | 75º aniversario de
la batalla de Belchite (1937) | Las Fiestas del PCE (1977 y 1978)
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□ Exposición de fotografías en VirtualGallery

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□ Nunca llueve
sobre el Sáhara
en
Literatura en breve (RNE5), de Juan Jacinto Muñoz Rengel
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Descargar archivo de MP3 (6,06 Mb)
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Vídeo: Solitudes
Solitudes from Pedro M. Martínez on Vimeo.

(ver)
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Para realizar un escrito de creación literaria lo primero que se
debe de tener en la pluma es pasión, porque sino se cuenta con este elemento la
hoja en blanco carece de espíritu.
Nunca llueve en el Sáhara, de Pedro
Martínez comienza con un relato en el cual un anciano —el Tío Luís— narra sus
vivencias durante la Guerra Civil Española con detalles y ejemplos a su sobrino,
y éste, como recoge el valor, la aventura y las pasiones humanas queda con la
duda de qué es lo correcto y qué no lo es. En este cuento que lleva como título
Tarde de sábado a mi parecer —tal vez en el inconsciente del autor— por
la siguiente descripción:
«Tan flaco y huesudo, mi tío. Dice mamá que tiene menos
grasa que el caldo de un asilo. Da lo mismo lo que coma, sus picudos huesos
amenazan con perforar las hombreras de la chaqueta. Se estira los dedos de las
manos, uno por uno, y... (seguir
leyendo)
El reciente libro de Pedro M. Martínez, compuesto por
18 relatos, hace gala de la destreza narrativa del
autor, quien recrea los hechos y personajes que
marcaron su vida. Hay remembranzas que afloran con
nitidez y precisión, y otros que se mueven en la línea
exacta donde confluyen la realidad y la ficción. No
cabe duda de que la memoria es una fuente inagotable
en materia literaria y un crisol en el cual se funden
las aventuras de la imaginación.
El autor, en una suerte de viaje en el tiempo y el espacio, nos
invita al territorio de su infancia, donde constatamos
el primer beso que le dio a la hija de la pipera, el
trato cariñoso de su madre y la actitud afable de su
padre, quien trabajaba en la construcción, suspendido
como una alondra entre los andamios de madera.
Asimismo, en Tarde de sábado, el primer relato
de este fabuloso libro, nos familiarizamos con un tío
flacuchento, enamorado y contador de historias de la
guerra civil, y un profesor que maravilla a los
alumnos con sus ocurrentes frases.
No podía faltar la presencia de su abuelo comunista, quien, además
de hablar de vendavales y ciclones, estaba consciente
de que «hasta la madre naturaleza sabe que para
progresar hay que destruir. El paso tranquilo del
tiempo nunca ha cambiado nada. Es un hecho objetivo de
la historia». Sabias las enseñazas de este abuelo
que... (seguir
leyendo)
En formato PDF tienes a tu disposición dos relatos del libro: Hilo de oro y Todos eran iguales, menos uno. (descargar archivo)
Portfolio: El PCE celebra su
legalización
Reportaje sobre las Fiestas del Partido Comunista de España,
celebradas en Torrelodones (1977) y la Casa de Campo (1978). Fotografías originales tomadas en
negativo B&W de revelado químico (ver).
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