Años ‘70: Un tiempo que nos rompió las costuras

Agosto 20, 2010 Publicado por admin

Vídeo de la exposición de fotografías de Víctor López Pérez-Fajardo y Pedro M. Martínez Corada, publicada originalmente en la Revista Almiar / Margen Cero (nº 51 de marzo y abril de 2010).
Web original: http://www.margencero.com/fotos_anos7…

Ven aquí

Agosto 20, 2010 Publicado por admin
No creo en la división de la música por estilos ni culturas.
No creo en la lucha generacional,
en la parcelación de la ciudad por tribus
ni en la organización del tiempo en décadas.
Creo en la integración de todas las razas y sonidos.
Creo aquí y ahora en lo que soy y en lo que siento…
(De la dedicatoria escrita por Hilario Camacho, en su C.D. En concierto - 1997)

 

 
hilario

 

 

Hoy se cumplen dos años de la desaparición física de Hilario Camacho. No hay nada que hacer (como dice el título de una de las últimas canciones del músico) al respecto. Sin embargo, Hilario es una figura que permanecerá entre nosotros por mucho tiempo; en el caso de los que tuvimos el placer de escucharle desde sus comienzos, para toda la vida.

Aquel chamberilero nacido en 1948 construyó, en colaboración con destacados letristas y músicos de su tiempo, una obra musical que se inició con canciones inspiradas en los versos de Nicolás Guillén. Siempre le gustó la poesía y su creatividad musical también puso melodías a Machado y Blas de Otero. Eran años de Universidad, duros años en el que la dictadura franquista intentaba sofocar las incipientes protestas en contra del fascismo; Camacho, como tantos otros artistas, se sumó a la lucha en contra del régimen y participó en el grupo Canción del Pueblo. El cantautor siempre se definió como anarco. Todo esto ya es historia, al igual que los vinilos que Hilario publicó de la mano de Gonzalo García-Pelayo —fundador, en 1974, del sello discográfico Gong—, quien produjo cerca de doscientos a grupos y cantantes como Triana, Quilapayún, Víctor Jara, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés o Labordeta. La historia puede ser una asignatura, un recuerdo personal, o una frase hecha; Óscar Wilde decía que tenemos el deber de rescribirla, con lo cual coincido. De alguna manera, este homenaje a Camacho es eso: rememorar los sucesos que viví hace años, recordar las canciones que escuché de él y volver a sentir lo que pudieron inspirarme en su momento.

Algo parecido debí pensar cuando, hace algunas semanas, se me ocurrió repetir un viaje que realicé junto a unos amigos, allá por 1973. Se trataba de hacer de nuevo, lo más exactamente posible, el camino que realizamos desde Madrid a Asturias, pasando por Santiago de Compostela. Aquella excursión tenía un motivo concreto, que no viene al caso, pero nosotros dejamos que nos inspirara el aspecto lúdico del viaje. Todavía no había aparecido De paso, pero seguro que habría encontrado un lugar junto con las dos únicas cintas de casete que llevábamos entonces: el Té para los Tillerman, de Cat Stevens, y una compilación de canciones de Melanie Safka; Hilario escribió después sobre aquel vinilo definiéndolo como «Hachís, música, sexo, empezando a experimentar con L.S.D. Buenos músicos, imaginación [...] ambientes medievales y oníricos mezclados con la electricidad a la búsqueda del éxtasis del amor físico…». Pongan ustedes el orden que deseen en la anterior relación, conforme a sus apetencias, pero podemos convenir en que los géneros que nos gustaban a nosotros eran de parecida sensibilidad al que interpretaba el cantautor madrileño.

El primer viaje, el que ahora íbamos a repetir, no consiguió realizar el encargo que lo motivó. Cosas de los tiempos que corrían. Ahora, con nuestra segunda salida, había alguna posibilidad de que su objetivo no se cumpliera, al menos eso me cantaban o decían: a los sitios en donde fuiste feliz no hay que volver; las cosas organizadas nunca dan buen resultado; hay que improvisar… etc., pero seguimos adelante y una mañana muy temprano partimos, 37 años después… 

Rescribir la historia… O seguir haciéndola, vivir un viaje sin intentar replicar el anterior. Recordar quiénes fuimos, pero sabiendo quiénes éramos ahora (bastantes canas y algunas arrugas después). Paramos a tomar un café y liar unos cigarrillos, después de unos cuantos kilómetros; charlamos y fumamos contemplando el solano que comenzaba a planear sobre el campo de Castilla. Cuando regresamos al coche le dije a mi buena amiga M.A.:
—Además de Cat Stevens y Melanie, he traído una sorpresa —sonó Cuerpo de ola y ella me miró sorprendida y agradecida al tiempo.
—¡Hilario Camacho!
Luego, escuchando la música, pensamos en las máscaras adultas criadas a fuerza de años que dictan —inclementes— una falsa seguridad; recordamos el dulzor del rocío en las noches; nos cegó de nuevo el sol de invierno cuya luz ilumina cuando se ama; cerramos bares sin dueño donde buscamos atar lo invisible y nos despistamos después con una resaca infernal…
Lo difícil no es empezar un viaje, sino terminarlo como a ti te parezca. El rey del mundo abdicó y comprendió que el final está a tres palmos del amanecer en Madrid, cuando te invade cierta tristeza de amor —el amor no tiene dueño— y susurras «ven aquí».
 
Suena la música en el coche; hablamos; casi seguro que habríamos coincidido con Hilario cuando dijo sobre aquella canción/cobijo que «En aquellos días [1972] la amistad era más importante que el amor erótico. Músicos, pintores, actores, amantes del arte y la contracultura, todos juntos y revueltos. Lo importante era comunicarse, estar juntos, tener alguien en quien apoyarse y contarle tus penas y alegrías…».
No importa la partida ni el regreso. Lo que merece la pena es vivir el camino.

Te lo debíamos, Hilario.

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- El disco que se cita en el texto es Hilario Camacho, en concierto (Warner; 1997). Junto con Camacho participaron en el concierto los músicos Sergio Castillo; Paco Bastante; Tato Icasto; John Parsons; José A. Romero; Cristina Narea; Adel Hakki; Juan Moya; Bernardo Parrilla y Antonio Serrano.
- La foto de cabecera es un detalle del libreto del C.D. Una mirada diferente; fue realizada por Ignacio Evangelista.

(Artículo publicado originalmente en Puro Vinilo - 2010)

Una calle para Hilario Camacho

Agosto 20, 2010 Publicado por admin

hilario_camacho_manifiesto

Manifiesto en reivindicación de
una calle en Madrid para Hilario Camacho

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Hace tiempo era un niño, buen cazador de nubes, que subía al cielo por sumas de escaleras, trepando por la hierba de luz del arco iris o por los hilos de sol de sus cometas. Y quiso volar, antes del silencio, del cruel y del tirano, era un hombre libre con alas en las manos, y ahora vuela con alas blancas con las que abraza el aire y rasga el horizonte, llega a ciudades lejanas y a todos les sigue enseñando que es posible la vida…

No temió volar como un pájaro al país de los sueños, pero un día le quebraron las alas y no volvió, en ese Madrid que tanto amó y en el que el Barrio de Chamberí le vio nacer un 8 de junio de 1948. Se sintió abandonado, entre ruidos y humo, oscuros borrones flotaron entre nubes, y entre sueños perdidos, confusión y sorpresa, latiendo en las venas, entre tinieblas de fiebre se abrió paso la negra noche y le gritó ¡qué solo estás en medio de tanta gente!, y la pequeña muerte murió sobre el trigo de un niño, le besaron las balas al caer la mañana, al callar los sollozos, al nacer el silencio, lloraron las espigas, lloró el surco y la piedra, Hilario quedó solo, detrás de toda la tierra.

Sobre el aire se quedaba la sangre sola y abierta, mientras sus ojos buscaban gaviotas oscuras, yerbas, la muerte vistió zapatos de hierro y de hierbabuena, pantalones de metralla y camisa fría de tierra. Pequeña muerte de aquel niño, arquitecto de sueños a la estrella del alba, muerte de niño y de estrella, muerte de trigo y de sombra, agua de acero y de pena, cuando cayó la mañana, tibia de cardos y hierba, rasgando el día en silencio con un cuchillo en las venas.

Desgarrada la nube, el arco iris brillando ya en el cielo, y en un fanal de lluvia y sol el campo envuelto: despertó ¿Quién enturbió los mágicos cristales de su sueño? Su corazón latía atónito y disperso… ¡El limonar florido, el cipresal del huerto, el prado verde, el sol, el agua, el iris…, el agua en sus cabellos!… Y todo en la memoria se perdía como una pompa de jabón al viento…

Pero predicar en desierto nunca es sermón perdido, porque nada se pierde, todo se gana, la voz del corazón abre, como un oasis, misteriosos oídos… Y nosotros los firmantes de éste manifiesto, reclamamos en Justicia una calle en Madrid con el nombre de Hilario Camacho, como la tienen en ésta ciudad otros muchos y muchas que no nacieron en ella, porque el cantautor creció entre sus calles, la vivió, la sintió, la amó, y en ella vivimos los que somos sus amigos y admiradores, seguidores de su música. Creemos en esa clave secreta que lleva hasta el alma, esa voz interior del alquimista de la música que nos caló muy adentro, porque sabía que el peso del mundo es amor y lo repartió por todos los rincones del mundo, donde aún se le escucha cantar.

Ha sido, y sigue siendo, el mejor embajador de esta ciudad por los cuatro confines del mundo y en Facebook se puede evidenciar que Madrid amanece cada año en muchos corazones que nunca pondrán fin al viaje de Hilario Camacho, porque los que aman y los que sueñan son los que abren la secreta puerta del alma y él nos dejó un legado musical que traspasa los límites sutiles de la vida y de la muerte para ser eternos.

Si otros y otras que no son de Madrid son reconocidos en las calles que llevan sus nombres ¿por qué no lo va a ser él que lo merece tanto o más? ¿Por qué el niño de Chamberí no puede tener ese rincón del Madrid que quiso y lo quiso, que siempre lo querrá, y saber que nada está perdido porque puso su corazón a la vida y a su música?, y nosotr@s ahora, albaceas de su legado, venimos a poner el nuestro para llegar al suyo, Sr. Alcalde y Sres. Ediles de la Villa de Madrid, en reivindicación de lo que creemos justo, que es dar a cada uno lo suyo, en estricta definición legal de la justicia.

Y lo hacemos en calidad de los derechos de vecinos que nos atribuye el artículo 21 de la Ley 2/2003, de 11 de marzo, de Administración Local de la Comunidad de Madrid; los artículos 9.2 y 105 a de la Constitución Española que nos invitan a participar en la política municipal mediante peticiones, garantizando nuestro derecho a ser oídos y, por qué no, escuchados; la Ley 7/85, de Bases del Régimen Local, modificada por las leyes 11/1999 y 57/2003 comienza afirmando en su artículo 1, en consonancia con lo ya dicho, que «Los Municipios son entidades básicas de la organización territorial del Estado y cauces inmediatos de participación ciudadana en los asuntos públicos…», así como el Real Decreto 2568/1986, de 28 noviembre, que aprueba el Reglamento de organización, funcionamiento y régimen jurídico de las Corporaciones Locales (ROF), que contiene un elevado número de precisiones en desarrollo explícito del perfil participativo tan característico de una vida local en democracia.

Finalmente, basamos nuestra legítima solicitud en el derecho de petición que consagra el Reglamento Orgánico de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Madrid, de 31 de mayo de 2004, en sus artículos 12 a 14 inclusives.

Pero sobre todo, creemos que volar no es para pájaros sino para soñadores, y que los sueños también tienen que tener cabida en las calles de ésta ciudad donde más allá de presupuestos, mociones, propuestas, acuerdos y resoluciones, hasta los regidores municipales sueñan, como nosotros los ciudadanos, con esa música que, más allá de la frialdad de las letras y los números, da calor a los corazones y alimenta el alma.

A veces los sueños se cumplen, y creemos que cuando Hilario Camacho tenga su calle en Madrid su voz y su música sonarán con fuerza para los que siempre le recordaremos, para las nuevas generaciones de madrileños y madrileñas y para todos los que visiten nuestra ciudad. Es el único interés que nos mueve, ahora que él no tiene manos ni voz y hemos decidido libremente ser las suyas.

Para unirte a esta petición
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Carta a Lucinio

Febrero 28, 2010 Publicado por admin

labordeta

          Hoy estoy a punto de despedir el año 2009: quedan un día y algunas horas para ello. Espero a mi hijo que vendrá a tomar el aperitivo conmigo. Acabo de llegar al bar sorteando un tiempo lluvioso, infernal para muchos. Me siento en la barra. La tele informa de inundaciones, de pantanos que tienen que desembalsarse debido al volumen del agua que contienen.

          Llega alguien a tomar algo y cambiamos varios comentarios. El hecho de que se esté aliviando agua de los embalses y de que ello produzca problemas valle abajo me mueve a afirmar que la parte buena de este desastre es el agua de que dispondrán, durante el próximo verano, muchos pueblos y ciudades. El recién llegado afirma entonces:
          —Los pantanos son una de las grandes obras de Franco, ahora no se hace nada y España está en la ruina.
          —Perdone usted —le replico—, de gran obra nada…
          —¿Cómo dice…? —me replica, algo alterado.
          —Hoy en día sabemos que muchas de aquellas obras se podrían haber evitado —respondo—. Seguramente usted sabe que se destruyeron pueblos, que mucha gente tuvo que emigrar de ellos y que el medio ambiente quedó dañado en amplias zonas, quizá le pueda poner un ejemplo…
          —¿Riaño…? —me respondió indeciso, viéndola venir.
          —Por ejemplo… —le contesté.
          No quiero contar la discusión que siguió a continuación, quizá pueda tener algo de importancia para el lector, pero aquí quiero terminar con ella. No viene al caso, en este comentario, el debate sobre las grandes obras del dictador Franco y cómo las hizo, y las opiniones que uno y otro vertimos al respecto. Lo que me importa —tal vez pueda pensar el lector que es egoísta por mi parte—, es que una hora después me acordé de una canción de José Antonio Labordeta, el genial cantautor nacido en Zaragoza, titulada Carta a Lucinio; pensé que, a lo mejor, si hubiese citado la letra de la misma otro hubiese sido el tenor de la conversación. Ingenuidad por mi parte, sin duda, pues las obras de Franco están, para algunos, muy por encima de la crítica que —más o menos inmisericorde— nos sirve la historia.

          Pero me acordé de la canción.

          Sigue lloviendo sobre España y se llenan muchos de los pantanos que se hicieron por aquel entonces. La recia voz de Labordeta, con su tono de jota solidaria en donde se pierde a veces alguna palabra, inunda el salón en la sobremesa.
          —Esta canción hay que escucharla despacio, tiene un ritmo de otros tiempos —le digo a mi hijo.
          Carta a Lucinio, me vuelve a emocionar, nos emociona. Es un poema desgarrado desde el que llega el culto laico a los ancestros. Es la voz de los que, sin tener nada, nada tuvieron y vieron cómo les quitaron la tierra con el pago de un cheque de silencio. En esta canción, campanarios y cuadras, casas y cobertizos, senderos y eras, desaparecen bajo las aguas que, un día y en contra de su voluntad, inundaron los campos que amaron —y sufrieron— muchas generaciones. Es, también, un poema profundamente ecológico en donde ésta preocupación no aparece de forma impostada: no hace falta, sabemos que los que yacen bajo el peso de miles de litros de agua amaban y defendían a su tierra.

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          Escuchando a José Antonio Labordeta pienso que, quizá, es la mejor manera de despedir el 2009. Ahora, después de tantos años, recuerdo también las veces que le he visto y una que hablé con él:
          —José Antonio, tengo tus vinilos.
          —¡Ah!, pues yo no tengo casi ninguno de ellos. Sólo las grabaciones en MP3… —me contestó, después de dedicarme uno de sus libros, en Madrid.
Mas hablaba de despedir el año, que a veces me voy por las subordinadas… Ahora que se va el viejo 2009, escucho al zaragozano y, desde el túnel del tiempo, se me ocurre proponer que nunca dejemos que nos sepulten bajo toneladas de lo que sea, que nunca tengamos que esperar a la sequía para ver «la tumba de madre». Para conseguir que nos respeten y para que podamos sentirnos orgullosos de nosotros mismos y de nuestros recuerdos. Para que no se nos ocurra escribir: «Y al fin tras tantas horas/ nada tuvimos».
          A veces, cuando me calzo la farfusa me confunden con Labordeta. Es un honor para mí. Quizá debería decir, en estos casos, que sí, que yo soy él y contarles todo lo que siento sobre «mis canciones», para que nunca olviden, egoísta que soy, la carta a Lucinio y la seca, austera y árida entonación de la voz de un poeta y cantor que escribió una de las canciones más bellas que he escuchado en mi vida.

LETRA DE LA CANCIÓN:

Desde las tierras altas
ahora he venido
a parar en el llano
de polvo y ruido.
No sé quién me ha empujado
ni me ha traído
acuérdate Lucinio
este verano
cuando el pantano baje
ir al collado.
Y en la tumba de madre
ponle un recado.

También piensa en Vicente
y en Indalecio,
que bajo tanta roca
quedaron yertos.
Por aquí veo a sus viudas
con sus aprietos.

Escúpele al pantano
y a quien lo hizo
que nos quitó la tierra
casa y panizo.
Y al fin tras tantas horas
nada tuvimos.

De todo lo que daban
nada nos dieron.
Trabajo para los hombres
aquí lo hicieron.
A todas horas ruido,
sofoco y miedo.

Algunas veces pienso
ir al pantano
y cuando esté bien lleno
tirarme dentro
y hundirme a estar contigo
como hace tiempo.

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Letra y música: José Antonio Labordeta (1975).
(Violoncelo: Eduardo Gattinonni / Contrabajo: Manolo Rosa / Guitarra y percusión: Alberto Gambino / Grabado en los Estudios Kirios en marzo de 1975).
Fotografía carátula: Pepe Rebollo.
Fue una publicación de Movieplay (Serie Gong) – Madrid.
Artículo publicado originalmente en el blog Puro vinilo.

 

AUDIO:

Profecía

Diciembre 25, 2009 Publicado por admin

profecia

           

            LOS ÚNICOS QUE PUEDEN JACTARSE de predecir el futuro son los médicos. Entre los adivinadores de pega, la pitonisa, por ejemplo, marea las cartas o impone las manos a la bola de cristal para ver cómo va estar de salud, dinero y amor -por este orden- el pringado a quien va a embaucar en breve. «Usted va a vivir muchos años, gozará de una larga vida sin achaques ni enfermedades graves», le dice al primo que está sentado ante una mesa camilla redonda como la bola de cristal que luce entre ambos, o, si es otra la onda, frente a los arcanos que se despliegan sobre el terciopelo oscuro que cubre la mesa: El Mago, La Torre, El Ahorcado, irán saliendo despacio del mazo de naipes… Antes, adivinar el futuro era cuestión de buscar signos entre cosas revueltas como las tripas de un animal, las runas esparcidas sobre una manta, los oscuros restos del té en el fondo de una taza o los millones de estrellas que hay en el universo.

            Dice Turco que todo esto son gilipolleces, cosas del ayer, pero él también se acojonaría si le pronosticaran la muerte en breve. ¿Acaso el ordenador del médico no se puede comparar con la bola de cristal?, ¿las hojas de papel, que pasan despacio ante la geta del matasanos, no se parecen a un tarot en el que La Muerte es una etiqueta blanca con códigos de barras?, está claro que sí, le digo a Turco, pero sólo se asemejan, porque ellos, los médicos, aciertan siempre: introducen en el aparato los datos de los papeles y, con gesto serio ellos no tienen por qué hacerse los graciosos con el cliente, dictan la profecía.
            Me joden los profetas sentencia Turco.
            Sí, jeringa que te digan que algo va a pasar y que eso ocurra… he ido a buscarle al bar de la Carrera 12, a la hora que me dijo Lía. En esta ocasión no se trata de un negocio cualquiera.
            ¿Y ésta es la milonga que te trajo desde Buenos Aires? No me hagas perder el tiempo, gallego…
            Bien. No hay que hacerle perder el tiempo.
            Él tiene razón, la historia no le interesa. Tampoco tiene por qué saber que hace unos meses me diagnosticaron una grave enfermedad desconocida:
            ¿Ha estado usted en Burundi hace poco…? el tipo de la bata blanca me miró con sus ojos acristalados y se atusó la melena castaña.
            ¿Dónde dice…?, ¿por qué iba yo a ir a ese lugar?
            Ahora la gente va por todas partes miró el ordenador que me acababa de sentenciar a muerte-. En ese país africano es donde se supone que se originó la enfermedad… Es muy rara y por eso no se habla de ella. Es una enfermedad de las que llamamos huérfana, pero existe y los síntomas ya se van conociendo bien: por desgracia usted fallecerá en un año, más  o menos. No hay tratamiento que pueda impedirlo, nadie lo ha estudiado todavía… Y, perdóneme que ahora le haga una serie de preguntas: ¿Se ha relacionado con alguien que sea de Burundi, o haya estado allí…?
            La verdad es que estuve a punto de dar una hostia a aquel médico en estos momentos de la conversación. Alguien tenía que pagar el marrón que me acababa de comer, pero ¿de qué me hubiera servido? Después de los primeros momentos de irritación que sentí ante las preguntas fui hundiéndome poco a poco; me contó los síntomas que aparecerían llegado el momento y cómo moriría pocos días después. El tipo sabía mi porvenir.
            Bebo un trago de ron y miro al Turco:
            No, hablaba de cosas mías. He venido porque tengo un encargo que hacerte. Lía me ha dicho que tú eres el indicado.
            ¡Ah!, qué rebuena la negra… Abrevia, gallego…
            Quiero que peles a un tío me observa, quizá con sorpresa, resulta imposible adivinar lo que piensa-. En Barcelona, para más señas.
            Después de recibir la noticia de que iba a palmarla me recluí durante un tiempo, supongo que es lo normal. Sin embargo, con el paso de los días el runrún de la muerte certificada que me tenía obsesionado se fue alejando, como si hubiera quedado encerrado en un trastero de mi cabeza y sólo golpeara de vez en cuando, intentando salir.
            Luego me di cuenta de que si todo se iba a acabar, todo estaba permitido. La maldad es compañera de la desesperación. Sin futuro, rehice el presente con todo lo que no me había atrevido a hacer hasta ese momento, como si hubiera vuelto a nacer y estuviera aprendiendo a caminar de nuevo, ¿qué importaba ya lo que pudiera pasarme?
            Niebla en los bolsillos. Tormenta en las manos. Entonces conocí a Lía. Con ella estuve en algún callejón, en varias esquinas, entre las sombras, contra todo, ante la nada.
            Turco, tomemos otro ron.
            El tipo que te digo tiene melena castaña, usa gafas y viste siempre de negro. Los quince de cada mes va a un cabaret cerca de Las Ramblas -le doy unas fotos-, es fácil reconocerle…
            Tampoco le voy a contar que una tarde leí en Internet: «Enfermedades huérfanas. Anemia de Fanconi. Irideremia. Síndrome de Burundi…». Ante la pantalla pensé que no merecía la pena molestarse, había consultado ya a muchos médicos, pero cogí el avión y fui a visitar aquella clínica en Nueva York: 
            Enhorabuena. Usted no tiene el Síndrome me dijo el médico, un paquistaní con barba blanca, después de bucear en un pilo de hojas. En su momento, usted se puso la vacuna contra la Gripe A y el fármaco le dañó la enzima que regula el EDL, eso produjo la confusión en el diagnóstico, comprensible por otra parte, pues… Etcétera. No recuerdo nada más de lo que dijo. El vaticinio asesinado, Turco; suenan unas sirenas en la cercana Diagonal 7, la policía nunca encontrará al fiambre.
            Comprendí, poco después, que la noticia de que no padecía la enfermedad era más aterradora que saber que moriría a ciencia cierta, ¿ves, Turco?: hasta el lenguaje recoge lo inapelable de las profecías que se dictan en las salas blancas de la cábala. No sabía seguir sin mi muerte anunciada porque tendría que buscar coartadas para mi nueva vida, que ahora me parece aterradora, y volver atrás me resulta imposible. Ya no podría vivir justificando el futuro, es como querer a una mujer con la idea de que algún día envejeceréis juntos. Rutina.
            Lía, ¿querrías compartir toda la vida conmigo? Yo contigo, no.
            Turco se levanta y deja que pague la cuenta… 

            En la habitación del hotel me miro al espejo y compruebo que la peluca castaña esté en su sitio. Me pongo unas gafas. El traje negro me sienta bien. Es curioso: el ruido sordo en el trastero de mi cerebro ha desaparecido. Turco ya estará cerca de Las Ramblas. No habrá ningún problema, es un profesional. Cierro la puerta y me dirijo hacia el ascensor. Malditos sean los profetas.

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©
Pedro M. Martínez (2009)