Carta a Lucinio

Febrero 28, 2010 Publicado por admin

labordeta

          Hoy estoy a punto de despedir el año 2009: quedan un día y algunas horas para ello. Espero a mi hijo que vendrá a tomar el aperitivo conmigo. Acabo de llegar al bar sorteando un tiempo lluvioso, infernal para muchos. Me siento en la barra. La tele informa de inundaciones, de pantanos que tienen que desembalsarse debido al volumen del agua que contienen.

          Llega alguien a tomar algo y cambiamos varios comentarios. El hecho de que se esté aliviando agua de los embalses y de que ello produzca problemas valle abajo me mueve a afirmar que la parte buena de este desastre es el agua de que dispondrán, durante el próximo verano, muchos pueblos y ciudades. El recién llegado afirma entonces:
          —Los pantanos son una de las grandes obras de Franco, ahora no se hace nada y España está en la ruina.
          —Perdone usted —le replico—, de gran obra nada…
          —¿Cómo dice…? —me replica, algo alterado.
          —Hoy en día sabemos que muchas de aquellas obras se podrían haber evitado —respondo—. Seguramente usted sabe que se destruyeron pueblos, que mucha gente tuvo que emigrar de ellos y que el medio ambiente quedó dañado en amplias zonas, quizá le pueda poner un ejemplo…
          —¿Riaño…? —me respondió indeciso, viéndola venir.
          —Por ejemplo… —le contesté.
          No quiero contar la discusión que siguió a continuación, quizá pueda tener algo de importancia para el lector, pero aquí quiero terminar con ella. No viene al caso, en este comentario, el debate sobre las grandes obras del dictador Franco y cómo las hizo, y las opiniones que uno y otro vertimos al respecto. Lo que me importa —tal vez pueda pensar el lector que es egoísta por mi parte—, es que una hora después me acordé de una canción de José Antonio Labordeta, el genial cantautor nacido en Zaragoza, titulada Carta a Lucinio; pensé que, a lo mejor, si hubiese citado la letra de la misma otro hubiese sido el tenor de la conversación. Ingenuidad por mi parte, sin duda, pues las obras de Franco están, para algunos, muy por encima de la crítica que —más o menos inmisericorde— nos sirve la historia.

          Pero me acordé de la canción.

          Sigue lloviendo sobre España y se llenan muchos de los pantanos que se hicieron por aquel entonces. La recia voz de Labordeta, con su tono de jota solidaria en donde se pierde a veces alguna palabra, inunda el salón en la sobremesa.
          —Esta canción hay que escucharla despacio, tiene un ritmo de otros tiempos —le digo a mi hijo.
          Carta a Lucinio, me vuelve a emocionar, nos emociona. Es un poema desgarrado desde el que llega el culto laico a los ancestros. Es la voz de los que, sin tener nada, nada tuvieron y vieron cómo les quitaron la tierra con el pago de un cheque de silencio. En esta canción, campanarios y cuadras, casas y cobertizos, senderos y eras, desaparecen bajo las aguas que, un día y en contra de su voluntad, inundaron los campos que amaron —y sufrieron— muchas generaciones. Es, también, un poema profundamente ecológico en donde ésta preocupación no aparece de forma impostada: no hace falta, sabemos que los que yacen bajo el peso de miles de litros de agua amaban y defendían a su tierra.

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          Escuchando a José Antonio Labordeta pienso que, quizá, es la mejor manera de despedir el 2009. Ahora, después de tantos años, recuerdo también las veces que le he visto y una que hablé con él:
          —José Antonio, tengo tus vinilos.
          —¡Ah!, pues yo no tengo casi ninguno de ellos. Sólo las grabaciones en MP3… —me contestó, después de dedicarme uno de sus libros, en Madrid.
Mas hablaba de despedir el año, que a veces me voy por las subordinadas… Ahora que se va el viejo 2009, escucho al zaragozano y, desde el túnel del tiempo, se me ocurre proponer que nunca dejemos que nos sepulten bajo toneladas de lo que sea, que nunca tengamos que esperar a la sequía para ver «la tumba de madre». Para conseguir que nos respeten y para que podamos sentirnos orgullosos de nosotros mismos y de nuestros recuerdos. Para que no se nos ocurra escribir: «Y al fin tras tantas horas/ nada tuvimos».
          A veces, cuando me calzo la farfusa me confunden con Labordeta. Es un honor para mí. Quizá debería decir, en estos casos, que sí, que yo soy él y contarles todo lo que siento sobre «mis canciones», para que nunca olviden, egoísta que soy, la carta a Lucinio y la seca, austera y árida entonación de la voz de un poeta y cantor que escribió una de las canciones más bellas que he escuchado en mi vida.

LETRA DE LA CANCIÓN:

Desde las tierras altas
ahora he venido
a parar en el llano
de polvo y ruido.
No sé quién me ha empujado
ni me ha traído
acuérdate Lucinio
este verano
cuando el pantano baje
ir al collado.
Y en la tumba de madre
ponle un recado.

También piensa en Vicente
y en Indalecio,
que bajo tanta roca
quedaron yertos.
Por aquí veo a sus viudas
con sus aprietos.

Escúpele al pantano
y a quien lo hizo
que nos quitó la tierra
casa y panizo.
Y al fin tras tantas horas
nada tuvimos.

De todo lo que daban
nada nos dieron.
Trabajo para los hombres
aquí lo hicieron.
A todas horas ruido,
sofoco y miedo.

Algunas veces pienso
ir al pantano
y cuando esté bien lleno
tirarme dentro
y hundirme a estar contigo
como hace tiempo.

________
Letra y música: José Antonio Labordeta (1975).
(Violoncelo: Eduardo Gattinonni / Contrabajo: Manolo Rosa / Guitarra y percusión: Alberto Gambino / Grabado en los Estudios Kirios en marzo de 1975).
Fotografía carátula: Pepe Rebollo.
Fue una publicación de Movieplay (Serie Gong) – Madrid.
Artículo publicado originalmente en el blog Puro vinilo.

 

AUDIO:

Profecía

Diciembre 25, 2009 Publicado por admin

profecia

           

            LOS ÚNICOS QUE PUEDEN JACTARSE de predecir el futuro son los médicos. Entre los adivinadores de pega, la pitonisa, por ejemplo, marea las cartas o impone las manos a la bola de cristal para ver cómo va estar de salud, dinero y amor -por este orden- el pringado a quien va a embaucar en breve. «Usted va a vivir muchos años, gozará de una larga vida sin achaques ni enfermedades graves», le dice al primo que está sentado ante una mesa camilla redonda como la bola de cristal que luce entre ambos, o, si es otra la onda, frente a los arcanos que se despliegan sobre el terciopelo oscuro que cubre la mesa: El Mago, La Torre, El Ahorcado, irán saliendo despacio del mazo de naipes… Antes, adivinar el futuro era cuestión de buscar signos entre cosas revueltas como las tripas de un animal, las runas esparcidas sobre una manta, los oscuros restos del té en el fondo de una taza o los millones de estrellas que hay en el universo.

            Dice Turco que todo esto son gilipolleces, cosas del ayer, pero él también se acojonaría si le pronosticaran la muerte en breve. ¿Acaso el ordenador del médico no se puede comparar con la bola de cristal?, ¿las hojas de papel, que pasan despacio ante la geta del matasanos, no se parecen a un tarot en el que La Muerte es una etiqueta blanca con códigos de barras?, está claro que sí, le digo a Turco, pero sólo se asemejan, porque ellos, los médicos, aciertan siempre: introducen en el aparato los datos de los papeles y, con gesto serio ellos no tienen por qué hacerse los graciosos con el cliente, dictan la profecía.
            Me joden los profetas sentencia Turco.
            Sí, jeringa que te digan que algo va a pasar y que eso ocurra… he ido a buscarle al bar de la Carrera 12, a la hora que me dijo Lía. En esta ocasión no se trata de un negocio cualquiera.
            ¿Y ésta es la milonga que te trajo desde Buenos Aires? No me hagas perder el tiempo, gallego…
            Bien. No hay que hacerle perder el tiempo.
            Él tiene razón, la historia no le interesa. Tampoco tiene por qué saber que hace unos meses me diagnosticaron una grave enfermedad desconocida:
            ¿Ha estado usted en Burundi hace poco…? el tipo de la bata blanca me miró con sus ojos acristalados y se atusó la melena castaña.
            ¿Dónde dice…?, ¿por qué iba yo a ir a ese lugar?
            Ahora la gente va por todas partes miró el ordenador que me acababa de sentenciar a muerte-. En ese país africano es donde se supone que se originó la enfermedad… Es muy rara y por eso no se habla de ella. Es una enfermedad de las que llamamos huérfana, pero existe y los síntomas ya se van conociendo bien: por desgracia usted fallecerá en un año, más  o menos. No hay tratamiento que pueda impedirlo, nadie lo ha estudiado todavía… Y, perdóneme que ahora le haga una serie de preguntas: ¿Se ha relacionado con alguien que sea de Burundi, o haya estado allí…?
            La verdad es que estuve a punto de dar una hostia a aquel médico en estos momentos de la conversación. Alguien tenía que pagar el marrón que me acababa de comer, pero ¿de qué me hubiera servido? Después de los primeros momentos de irritación que sentí ante las preguntas fui hundiéndome poco a poco; me contó los síntomas que aparecerían llegado el momento y cómo moriría pocos días después. El tipo sabía mi porvenir.
            Bebo un trago de ron y miro al Turco:
            No, hablaba de cosas mías. He venido porque tengo un encargo que hacerte. Lía me ha dicho que tú eres el indicado.
            ¡Ah!, qué rebuena la negra… Abrevia, gallego…
            Quiero que peles a un tío me observa, quizá con sorpresa, resulta imposible adivinar lo que piensa-. En Barcelona, para más señas.
            Después de recibir la noticia de que iba a palmarla me recluí durante un tiempo, supongo que es lo normal. Sin embargo, con el paso de los días el runrún de la muerte certificada que me tenía obsesionado se fue alejando, como si hubiera quedado encerrado en un trastero de mi cabeza y sólo golpeara de vez en cuando, intentando salir.
            Luego me di cuenta de que si todo se iba a acabar, todo estaba permitido. La maldad es compañera de la desesperación. Sin futuro, rehice el presente con todo lo que no me había atrevido a hacer hasta ese momento, como si hubiera vuelto a nacer y estuviera aprendiendo a caminar de nuevo, ¿qué importaba ya lo que pudiera pasarme?
            Niebla en los bolsillos. Tormenta en las manos. Entonces conocí a Lía. Con ella estuve en algún callejón, en varias esquinas, entre las sombras, contra todo, ante la nada.
            Turco, tomemos otro ron.
            El tipo que te digo tiene melena castaña, usa gafas y viste siempre de negro. Los quince de cada mes va a un cabaret cerca de Las Ramblas -le doy unas fotos-, es fácil reconocerle…
            Tampoco le voy a contar que una tarde leí en Internet: «Enfermedades huérfanas. Anemia de Fanconi. Irideremia. Síndrome de Burundi…». Ante la pantalla pensé que no merecía la pena molestarse, había consultado ya a muchos médicos, pero cogí el avión y fui a visitar aquella clínica en Nueva York: 
            Enhorabuena. Usted no tiene el Síndrome me dijo el médico, un paquistaní con barba blanca, después de bucear en un pilo de hojas. En su momento, usted se puso la vacuna contra la Gripe A y el fármaco le dañó la enzima que regula el EDL, eso produjo la confusión en el diagnóstico, comprensible por otra parte, pues… Etcétera. No recuerdo nada más de lo que dijo. El vaticinio asesinado, Turco; suenan unas sirenas en la cercana Diagonal 7, la policía nunca encontrará al fiambre.
            Comprendí, poco después, que la noticia de que no padecía la enfermedad era más aterradora que saber que moriría a ciencia cierta, ¿ves, Turco?: hasta el lenguaje recoge lo inapelable de las profecías que se dictan en las salas blancas de la cábala. No sabía seguir sin mi muerte anunciada porque tendría que buscar coartadas para mi nueva vida, que ahora me parece aterradora, y volver atrás me resulta imposible. Ya no podría vivir justificando el futuro, es como querer a una mujer con la idea de que algún día envejeceréis juntos. Rutina.
            Lía, ¿querrías compartir toda la vida conmigo? Yo contigo, no.
            Turco se levanta y deja que pague la cuenta… 

            En la habitación del hotel me miro al espejo y compruebo que la peluca castaña esté en su sitio. Me pongo unas gafas. El traje negro me sienta bien. Es curioso: el ruido sordo en el trastero de mi cerebro ha desaparecido. Turco ya estará cerca de Las Ramblas. No habrá ningún problema, es un profesional. Cierro la puerta y me dirijo hacia el ascensor. Malditos sean los profetas.

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©
Pedro M. Martínez (2009)

Pedro M. Martínez / Imágenes

Diciembre 25, 2009 Publicado por admin

 

 

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Me podrán matar, pero no morir («Violent Stories»)

Diciembre 25, 2009 Publicado por admin

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They Can Kill Me But I Will Not Die *
 

“They are hunting you down to kill you,” her father said for the tenth time. She counted the nine scars on her body and answered: “They can kill me, but I won’t die.” 

When she raises her head in the cell with its chalky walls, she confronts the savage faces of her torturers. The biggest one, with a bushy mustache and a pistol in his belt, smiles and looks into her eyes. “So you’re the immortal one?” he says, removing her shoes, belt, buttons, and wristwatch so she can neither run nor know what hour or day it is.  

Blindfolding her, they take her by the arms and lead her through a passageway. She can barely move, as though walking along the edge of a cliff. They put her in a room that stinks of death, yank off her clothes and tear the blindfold from her eyes.

For a while, still hardly able to see because of the painful light, she observes men entering and leaving the room, and a dog wagging its tail. The animal’s mouth is flecked with drool. He sniffs. He licks. He moves away, crawling between his master’s legs. In the next room, she sees a table with electronic controls; a bright light, a bucket, a radio, a cot, and several hooks chained to the wall. On the other side of the window is a dark, cold street where the wind blows so violently it can lift rocks and hurl them against the doors.

One of the torturers comes up behind her and puts a hood over her head. Another manhandles her body and cuffs her wrists. The torture ritual begins. First there is the simulated execution, then the “submarine” in a bucket filled with urine and spit. They tilt her and submerge her head again, pulling her nipples with iron hooks. On the verge of asphyxiation, she opens her mouth and faints.

They remove the hood…

When she regains consciousness, she hears far-away voices, as if she were waking from a nightmare. She is tied to the cot, her arms and legs spread. She looks at the ceiling and has the sensation of floating in midair. A man’s shadow passes before her eyes and a burning cigarette comes down toward her breast. She screams and they turn up the volume on the radio.

They run the picana - an instrument for delivering electric shocks - from one end of her body to the other. The picana has two well-braided and spliced cables. They put one cable in her mouth and the other in her rectum. With the first shock, she feels her head and body explode. Then, one after another, the men and the dog rape her until her insides split. Not satisfied, some of them urinate in her face and others beat her with their rifle butts. They pick her up, her blood dripping in the emptiness, and drag her through the hallways to the last cell, where she remains in solitary confinement, handcuffed to the wall, bread and water her only consolation.

When she awakens from her nightmare, she sees a ray of light that breaks through the darkness of the cell. She touches her body, which feels as though it isn’t there, and with a thread of blood on her lips she repeats: They can kill me but I will not die…

 

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Me podrán matar, pero no morir 

 

Te buscan para matarte, le dice su padre por décima vez. Ella cuenta las nueve cicatrices de su cuerpo y contesta: Me podrán matar, pero no morir… 

Al levantar la cabeza entre paredes calcáreas, se enfrenta al rostro salvaje de sus torturadores. Uno de ellos, el más corpulento, bigote poblado y pistola al cinto, le sonríe mirándole a los ojos. ¿Así que tú eres la inmortal?, dice, mientras le quita los zapatos, el cinturón, los botones y el reloj, para que no pueda huir ni sepa qué hora o qué día es.  

Le cubren los ojos con una venda y la conducen asida de los brazos por un pasillo. Ella se mueve apenas, como caminando en falso al borde de un precipicio. La introducen en una habitación que apesta a muerte. La desnudan a zarpazos y le arrancan la venda de los ojos. 

Por un tiempo, dificultada todavía por la luz hiriente, observa a hombres que entran, salen y entran, y a un perro que bate la cola. El animal tiene el hocico babeante. Huele. Lame. Se aleja y se mete entre las piernas de su amo. En la habitación contigua, mira una mesa con mandos electrónicos: un reflector, un recipiente, una radio, un catre y varios ganchos con cadenas en la pared. Al otro lado de la ventana hay una calle oscura y fría, donde el viento sopla con una violencia capaz de levantar piedras y arrojarlas contra las puertas. 

Un torturador se le acerca por la espalda y la encapucha. Otro le manosea el cuerpo y la esposa las muñecas. Comienza el ritual de la tortura. Primero es el simulacro de fusilamiento, después el submarino en el recipiente de orines y escupitajos. La inclinan y sumergen en la bañera, tirando de sus pezones con ganchos de hierro. Ella, a punto de asfixiarse, abre la boca y se desmaya.

Le retiran la capucha… 

Recobra el conocimiento y escucha voces lejanas, como despertando de una pesadilla. Está atada al somier, los brazos y las piernas abiertas. Clava la mirada en el techo y tiene la sensación de estar flotando a cielo abierto. La sombra de un hombre cruza por sus ojos y una brasa de cigarrillo desciende hasta su pecho. Ella lanza un alarido y ellos suben el volumen de la radio. 

Le recorren la picana de punta a punta. La picana tiene dos cables bien trenzados, bien empalmados. Aplican un cable en la boca y el otro en el ano. A la primera descarga, ella siente estallar su cabeza y cuerpo como vuelto esquirlas. Seguidamente, los hombres y el perro la violan hasta reventarla por dentro. No conformes con esto, unos le orinan en la cara y otros le descargan golpes de culata. La levantan esparciendo su sangre en el vacío y la arrastran por unos pasillos hasta la última celda; allí queda incomunicada, con las manos esposadas a la pared y sin más consuelo que pan y agua. 

Cuando despierta de su pesadilla, mira un rayito de luz atravesando la oscuridad de la celda. Se toca el cuerpo que parece inexistente y, con un hilo de sangre en los labios, repite: Me podrán matar, pero no morir…

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Este relato pertenece al libro Violent Stories (Ed. Mandala & LápizCero - Revista Almiar; 2009) , del escritor boliviano Víctor Montoya.

Página original de publicación en Revista Almiar

My Way

Noviembre 25, 2009 Publicado por admin

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Recuerdo que era una tarde cualquiera. Y ahora ustedes podrían preguntar, con toda la razón del mundo: «¿Qué es una tarde cualquiera?», todas las tardes son «cualquiera» si nos atenemos a la oración anterior. Las tardes, como las mañanas o las noches, se suceden como consecuencia de la rotación de la Tierra sobre su eje mientras gira alrededor del Sol. Visto así, el comienzo de este texto es una chapuza (es probable que la continuación también, pero eso conviene que no sea yo quien lo diga).

Nina SimoneOtra cosa es que hubiera desarrollado más la frase, que hubiera especificado por qué era una tarde cualquiera para mí.

Cuando decimos que una tarde es «cualquiera» convenimos, por lo general, en que fue un lapso de tiempo en el que no pasó nada —o nasti, para decirlo en castizo—, una tarde que desapareció del recuerdo sin dejar rastro de lo visto u oído, del tiempo que hacía, de lo que se pensaba hacer por la noche o a la mañana siguiente, de cómo se presentía el futuro (el inmediato o bien el a más largo plazo, en cuyo caso se podría hablar de sueños)… En cambio, cuando pasa algo que por alguna razón nos conmueve, recordamos con bastante precisión cuándo y dónde ocurrió, la tarde o, mejor dicho, el momento especial que vivimos aquella tarde (o noche, o mañana) adquiere presencia para toda la vida. Pienso que así funcionan los recuerdos, que cuando no pasa nasti esos momentos vividos se olvidan para siempre, podríamos decir que mueren sin lograr perpetuarse, y, por el contrario, cuando ocurre un hecho que para nosotros sí es importante lo retenemos para siempre en la memoria. Hasta la enfermedad de Alzheimer parece respetar este mecanismo y sólo actúa sobre los sucesos vividos de forma más inmediata, respetando, por razones que aún no se saben, aquellos que acaecieron muchos años atrás y dejaron su huella (indeleble, al parecer) en la mente del enfermo.

Esta digresión que antecede, es probable que innecesaria, tiene que ver con la canción My Way, una pieza clásica del siglo pasado que dio perenne fama a Frank Sinatra: hoy muchos jurarían que la escribió él, son cosas de la gloria. La letra de My Way, sin embargo, la escribió Fred Brott y fue adaptada por Paul Anka quien, a su vez, tomó la música de la canción francesa Comme d’habitude, escrita por Claude François y Jacques Revaux, con letra en francés de Claude François y Gilles Thibaut la cual se perdió en este intrincado camino. Conclusión, preguntamos a alguien: ¿Quién es el autor de la famosa canción My Way?, es evidente que nadie se sabe de memoria el anterior galimatías y, como máximo, responderá que Anka (eso si no dice que fue Elvis Presley, quien también la cantó).

Escribir una canción sobre toda una vida es, debe ser, muy complicado, si la misma se refiere a una persona en concreto. ¿Qué partes de una vida se recuerdan como importantes? ¿Qué otras partes se habrán olvidado? La vida que se pretenda cantar no puede ser una vida cualquiera… Sin embargo, al autor le queda el recurso del arquetipo; My Way es un ejemplo, a mi entender, de ello: en sus estrofas late el ideal de la libertad individual y el romanticismo (entiéndase éste como la capacidad de enlazar de forma poética los recuerdos) que todos los seres humanos llevamos dentro en menor o mayor cantidad. Los versos de My Way elevan los recuerdos a categorías en donde todos podemos, de una u otra forma, vernos representados. Las estrofas que escribiera Brott siguen explicando, de forma poderosa, que es posible acertar y errar y, ante la muerte; tener la potestad de decir:

«Pues ¿qué es un hombre?, ¿qué es lo que ha conseguido?
Si no es a sí mismo, entonces no tiene nada.
Decir las cosas que realmente siente.
Y no las palabras de alguien que se arrodilla.
Mi historia muestra que asumí los golpes.
Y lo hice a mi manera.

Sí, fue a mi manera.»

Aquella tarde, pues, era una tarde cualquiera. Y como me aburría fui a escuchar música a casa de un amigo. La puerta de su casa la abrió su madre, a quien le pregunté si estaba él. Me dirigí hacia su habitación y cuando entré en ella vi que él estaba tirando libros por la ventana: El Manifiesto Comunista, de Karl Marx y El capital monopolista, de Paul M. Sweezy, entre otros… Luego, puso un disco de Nina Simone, desde donde escuché por primera vez la versión de My Way en la voz de alto de la cantante norteamericana, y dijo:
—Esto sí que es verdadera cultura popular: es la música para el pueblo del futuro.

Todavía alguna tarde, cuando me parece que se va a convertir en una tarde cualquiera, escucho a Nina Simone…
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Del blog Puro vinilo

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