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Publicado por admin on Viernes, 20 Agosto, 2010
No creo en la división de la música por estilos ni culturas.
No creo en la lucha generacional,
en la parcelación de la ciudad por tribus
ni en la organización del tiempo en décadas.
Creo en la integración de todas las razas y sonidos.
Creo aquí y ahora en lo que soy y en lo que siento…
(De la dedicatoria escrita por Hilario Camacho, en su C.D. En concierto - 1997)

 

 
hilario

 

 

Hoy se cumplen dos años de la desaparición física de Hilario Camacho. No hay nada que hacer (como dice el título de una de las últimas canciones del músico) al respecto. Sin embargo, Hilario es una figura que permanecerá entre nosotros por mucho tiempo; en el caso de los que tuvimos el placer de escucharle desde sus comienzos, para toda la vida.

Aquel chamberilero nacido en 1948 construyó, en colaboración con destacados letristas y músicos de su tiempo, una obra musical que se inició con canciones inspiradas en los versos de Nicolás Guillén. Siempre le gustó la poesía y su creatividad musical también puso melodías a Machado y Blas de Otero. Eran años de Universidad, duros años en el que la dictadura franquista intentaba sofocar las incipientes protestas en contra del fascismo; Camacho, como tantos otros artistas, se sumó a la lucha en contra del régimen y participó en el grupo Canción del Pueblo. El cantautor siempre se definió como anarco. Todo esto ya es historia, al igual que los vinilos que Hilario publicó de la mano de Gonzalo García-Pelayo —fundador, en 1974, del sello discográfico Gong—, quien produjo cerca de doscientos a grupos y cantantes como Triana, Quilapayún, Víctor Jara, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés o Labordeta. La historia puede ser una asignatura, un recuerdo personal, o una frase hecha; Óscar Wilde decía que tenemos el deber de rescribirla, con lo cual coincido. De alguna manera, este homenaje a Camacho es eso: rememorar los sucesos que viví hace años, recordar las canciones que escuché de él y volver a sentir lo que pudieron inspirarme en su momento.

Algo parecido debí pensar cuando, hace algunas semanas, se me ocurrió repetir un viaje que realicé junto a unos amigos, allá por 1973. Se trataba de hacer de nuevo, lo más exactamente posible, el camino que realizamos desde Madrid a Asturias, pasando por Santiago de Compostela. Aquella excursión tenía un motivo concreto, que no viene al caso, pero nosotros dejamos que nos inspirara el aspecto lúdico del viaje. Todavía no había aparecido De paso, pero seguro que habría encontrado un lugar junto con las dos únicas cintas de casete que llevábamos entonces: el Té para los Tillerman, de Cat Stevens, y una compilación de canciones de Melanie Safka; Hilario escribió después sobre aquel vinilo definiéndolo como «Hachís, música, sexo, empezando a experimentar con L.S.D. Buenos músicos, imaginación [...] ambientes medievales y oníricos mezclados con la electricidad a la búsqueda del éxtasis del amor físico…». Pongan ustedes el orden que deseen en la anterior relación, conforme a sus apetencias, pero podemos convenir en que los géneros que nos gustaban a nosotros eran de parecida sensibilidad al que interpretaba el cantautor madrileño.

El primer viaje, el que ahora íbamos a repetir, no consiguió realizar el encargo que lo motivó. Cosas de los tiempos que corrían. Ahora, con nuestra segunda salida, había alguna posibilidad de que su objetivo no se cumpliera, al menos eso me cantaban o decían: a los sitios en donde fuiste feliz no hay que volver; las cosas organizadas nunca dan buen resultado; hay que improvisar… etc., pero seguimos adelante y una mañana muy temprano partimos, 37 años después… 

Rescribir la historia… O seguir haciéndola, vivir un viaje sin intentar replicar el anterior. Recordar quiénes fuimos, pero sabiendo quiénes éramos ahora (bastantes canas y algunas arrugas después). Paramos a tomar un café y liar unos cigarrillos, después de unos cuantos kilómetros; charlamos y fumamos contemplando el solano que comenzaba a planear sobre el campo de Castilla. Cuando regresamos al coche le dije a mi buena amiga M.A.:
—Además de Cat Stevens y Melanie, he traído una sorpresa —sonó Cuerpo de ola y ella me miró sorprendida y agradecida al tiempo.
—¡Hilario Camacho!
Luego, escuchando la música, pensamos en las máscaras adultas criadas a fuerza de años que dictan —inclementes— una falsa seguridad; recordamos el dulzor del rocío en las noches; nos cegó de nuevo el sol de invierno cuya luz ilumina cuando se ama; cerramos bares sin dueño donde buscamos atar lo invisible y nos despistamos después con una resaca infernal…
Lo difícil no es empezar un viaje, sino terminarlo como a ti te parezca. El rey del mundo abdicó y comprendió que el final está a tres palmos del amanecer en Madrid, cuando te invade cierta tristeza de amor —el amor no tiene dueño— y susurras «ven aquí».
 
Suena la música en el coche; hablamos; casi seguro que habríamos coincidido con Hilario cuando dijo sobre aquella canción/cobijo que «En aquellos días [1972] la amistad era más importante que el amor erótico. Músicos, pintores, actores, amantes del arte y la contracultura, todos juntos y revueltos. Lo importante era comunicarse, estar juntos, tener alguien en quien apoyarse y contarle tus penas y alegrías…».
No importa la partida ni el regreso. Lo que merece la pena es vivir el camino.

Te lo debíamos, Hilario.

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- El disco que se cita en el texto es Hilario Camacho, en concierto (Warner; 1997). Junto con Camacho participaron en el concierto los músicos Sergio Castillo; Paco Bastante; Tato Icasto; John Parsons; José A. Romero; Cristina Narea; Adel Hakki; Juan Moya; Bernardo Parrilla y Antonio Serrano.
- La foto de cabecera es un detalle del libreto del C.D. Una mirada diferente; fue realizada por Ignacio Evangelista.

(Artículo publicado originalmente en Puro Vinilo - 2010)


Una calle para Hilario Camacho

Publicado por admin on Viernes, 20 Agosto, 2010

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Manifiesto en reivindicación de
una calle en Madrid para Hilario Camacho

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Hace tiempo era un niño, buen cazador de nubes, que subía al cielo por sumas de escaleras, trepando por la hierba de luz del arco iris o por los hilos de sol de sus cometas. Y quiso volar, antes del silencio, del cruel y del tirano, era un hombre libre con alas en las manos, y ahora vuela con alas blancas con las que abraza el aire y rasga el horizonte, llega a ciudades lejanas y a todos les sigue enseñando que es posible la vida…

No temió volar como un pájaro al país de los sueños, pero un día le quebraron las alas y no volvió, en ese Madrid que tanto amó y en el que el Barrio de Chamberí le vio nacer un 8 de junio de 1948. Se sintió abandonado, entre ruidos y humo, oscuros borrones flotaron entre nubes, y entre sueños perdidos, confusión y sorpresa, latiendo en las venas, entre tinieblas de fiebre se abrió paso la negra noche y le gritó ¡qué solo estás en medio de tanta gente!, y la pequeña muerte murió sobre el trigo de un niño, le besaron las balas al caer la mañana, al callar los sollozos, al nacer el silencio, lloraron las espigas, lloró el surco y la piedra, Hilario quedó solo, detrás de toda la tierra.

Sobre el aire se quedaba la sangre sola y abierta, mientras sus ojos buscaban gaviotas oscuras, yerbas, la muerte vistió zapatos de hierro y de hierbabuena, pantalones de metralla y camisa fría de tierra. Pequeña muerte de aquel niño, arquitecto de sueños a la estrella del alba, muerte de niño y de estrella, muerte de trigo y de sombra, agua de acero y de pena, cuando cayó la mañana, tibia de cardos y hierba, rasgando el día en silencio con un cuchillo en las venas.

Desgarrada la nube, el arco iris brillando ya en el cielo, y en un fanal de lluvia y sol el campo envuelto: despertó ¿Quién enturbió los mágicos cristales de su sueño? Su corazón latía atónito y disperso… ¡El limonar florido, el cipresal del huerto, el prado verde, el sol, el agua, el iris…, el agua en sus cabellos!… Y todo en la memoria se perdía como una pompa de jabón al viento…

Pero predicar en desierto nunca es sermón perdido, porque nada se pierde, todo se gana, la voz del corazón abre, como un oasis, misteriosos oídos… Y nosotros los firmantes de éste manifiesto, reclamamos en Justicia una calle en Madrid con el nombre de Hilario Camacho, como la tienen en ésta ciudad otros muchos y muchas que no nacieron en ella, porque el cantautor creció entre sus calles, la vivió, la sintió, la amó, y en ella vivimos los que somos sus amigos y admiradores, seguidores de su música. Creemos en esa clave secreta que lleva hasta el alma, esa voz interior del alquimista de la música que nos caló muy adentro, porque sabía que el peso del mundo es amor y lo repartió por todos los rincones del mundo, donde aún se le escucha cantar.

Ha sido, y sigue siendo, el mejor embajador de esta ciudad por los cuatro confines del mundo y en Facebook se puede evidenciar que Madrid amanece cada año en muchos corazones que nunca pondrán fin al viaje de Hilario Camacho, porque los que aman y los que sueñan son los que abren la secreta puerta del alma y él nos dejó un legado musical que traspasa los límites sutiles de la vida y de la muerte para ser eternos.

Si otros y otras que no son de Madrid son reconocidos en las calles que llevan sus nombres ¿por qué no lo va a ser él que lo merece tanto o más? ¿Por qué el niño de Chamberí no puede tener ese rincón del Madrid que quiso y lo quiso, que siempre lo querrá, y saber que nada está perdido porque puso su corazón a la vida y a su música?, y nosotr@s ahora, albaceas de su legado, venimos a poner el nuestro para llegar al suyo, Sr. Alcalde y Sres. Ediles de la Villa de Madrid, en reivindicación de lo que creemos justo, que es dar a cada uno lo suyo, en estricta definición legal de la justicia.

Y lo hacemos en calidad de los derechos de vecinos que nos atribuye el artículo 21 de la Ley 2/2003, de 11 de marzo, de Administración Local de la Comunidad de Madrid; los artículos 9.2 y 105 a de la Constitución Española que nos invitan a participar en la política municipal mediante peticiones, garantizando nuestro derecho a ser oídos y, por qué no, escuchados; la Ley 7/85, de Bases del Régimen Local, modificada por las leyes 11/1999 y 57/2003 comienza afirmando en su artículo 1, en consonancia con lo ya dicho, que «Los Municipios son entidades básicas de la organización territorial del Estado y cauces inmediatos de participación ciudadana en los asuntos públicos…», así como el Real Decreto 2568/1986, de 28 noviembre, que aprueba el Reglamento de organización, funcionamiento y régimen jurídico de las Corporaciones Locales (ROF), que contiene un elevado número de precisiones en desarrollo explícito del perfil participativo tan característico de una vida local en democracia.

Finalmente, basamos nuestra legítima solicitud en el derecho de petición que consagra el Reglamento Orgánico de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Madrid, de 31 de mayo de 2004, en sus artículos 12 a 14 inclusives.

Pero sobre todo, creemos que volar no es para pájaros sino para soñadores, y que los sueños también tienen que tener cabida en las calles de ésta ciudad donde más allá de presupuestos, mociones, propuestas, acuerdos y resoluciones, hasta los regidores municipales sueñan, como nosotros los ciudadanos, con esa música que, más allá de la frialdad de las letras y los números, da calor a los corazones y alimenta el alma.

A veces los sueños se cumplen, y creemos que cuando Hilario Camacho tenga su calle en Madrid su voz y su música sonarán con fuerza para los que siempre le recordaremos, para las nuevas generaciones de madrileños y madrileñas y para todos los que visiten nuestra ciudad. Es el único interés que nos mueve, ahora que él no tiene manos ni voz y hemos decidido libremente ser las suyas.

Para unirte a esta petición
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Carta a Lucinio

Publicado por admin on Domingo, 28 Febrero, 2010

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          Hoy estoy a punto de despedir el año 2009: quedan un día y algunas horas para ello. Espero a mi hijo que vendrá a tomar el aperitivo conmigo. Acabo de llegar al bar sorteando un tiempo lluvioso, infernal para muchos. Me siento en la barra. La tele informa de inundaciones, de pantanos que tienen que desembalsarse debido al volumen del agua que contienen.

          Llega alguien a tomar algo y cambiamos varios comentarios. El hecho de que se esté aliviando agua de los embalses y de que ello produzca problemas valle abajo me mueve a afirmar que la parte buena de este desastre es el agua de que dispondrán, durante el próximo verano, muchos pueblos y ciudades. El recién llegado afirma entonces:
          —Los pantanos son una de las grandes obras de Franco, ahora no se hace nada y España está en la ruina.
          —Perdone usted —le replico—, de gran obra nada…
          —¿Cómo dice…? —me replica, algo alterado.
          —Hoy en día sabemos que muchas de aquellas obras se podrían haber evitado —respondo—. Seguramente usted sabe que se destruyeron pueblos, que mucha gente tuvo que emigrar de ellos y que el medio ambiente quedó dañado en amplias zonas, quizá le pueda poner un ejemplo…
          —¿Riaño…? —me respondió indeciso, viéndola venir.
          —Por ejemplo… —le contesté.
          No quiero contar la discusión que siguió a continuación, quizá pueda tener algo de importancia para el lector, pero aquí quiero terminar con ella. No viene al caso, en este comentario, el debate sobre las grandes obras del dictador Franco y cómo las hizo, y las opiniones que uno y otro vertimos al respecto. Lo que me importa —tal vez pueda pensar el lector que es egoísta por mi parte—, es que una hora después me acordé de una canción de José Antonio Labordeta, el genial cantautor nacido en Zaragoza, titulada Carta a Lucinio; pensé que, a lo mejor, si hubiese citado la letra de la misma otro hubiese sido el tenor de la conversación. Ingenuidad por mi parte, sin duda, pues las obras de Franco están, para algunos, muy por encima de la crítica que —más o menos inmisericorde— nos sirve la historia.

          Pero me acordé de la canción.

          Sigue lloviendo sobre España y se llenan muchos de los pantanos que se hicieron por aquel entonces. La recia voz de Labordeta, con su tono de jota solidaria en donde se pierde a veces alguna palabra, inunda el salón en la sobremesa.
          —Esta canción hay que escucharla despacio, tiene un ritmo de otros tiempos —le digo a mi hijo.
          Carta a Lucinio, me vuelve a emocionar, nos emociona. Es un poema desgarrado desde el que llega el culto laico a los ancestros. Es la voz de los que, sin tener nada, nada tuvieron y vieron cómo les quitaron la tierra con el pago de un cheque de silencio. En esta canción, campanarios y cuadras, casas y cobertizos, senderos y eras, desaparecen bajo las aguas que, un día y en contra de su voluntad, inundaron los campos que amaron —y sufrieron— muchas generaciones. Es, también, un poema profundamente ecológico en donde ésta preocupación no aparece de forma impostada: no hace falta, sabemos que los que yacen bajo el peso de miles de litros de agua amaban y defendían a su tierra.

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          Escuchando a José Antonio Labordeta pienso que, quizá, es la mejor manera de despedir el 2009. Ahora, después de tantos años, recuerdo también las veces que le he visto y una que hablé con él:
          —José Antonio, tengo tus vinilos.
          —¡Ah!, pues yo no tengo casi ninguno de ellos. Sólo las grabaciones en MP3… —me contestó, después de dedicarme uno de sus libros, en Madrid.
Mas hablaba de despedir el año, que a veces me voy por las subordinadas… Ahora que se va el viejo 2009, escucho al zaragozano y, desde el túnel del tiempo, se me ocurre proponer que nunca dejemos que nos sepulten bajo toneladas de lo que sea, que nunca tengamos que esperar a la sequía para ver «la tumba de madre». Para conseguir que nos respeten y para que podamos sentirnos orgullosos de nosotros mismos y de nuestros recuerdos. Para que no se nos ocurra escribir: «Y al fin tras tantas horas/ nada tuvimos».
          A veces, cuando me calzo la farfusa me confunden con Labordeta. Es un honor para mí. Quizá debería decir, en estos casos, que sí, que yo soy él y contarles todo lo que siento sobre «mis canciones», para que nunca olviden, egoísta que soy, la carta a Lucinio y la seca, austera y árida entonación de la voz de un poeta y cantor que escribió una de las canciones más bellas que he escuchado en mi vida.

LETRA DE LA CANCIÓN:

Desde las tierras altas
ahora he venido
a parar en el llano
de polvo y ruido.
No sé quién me ha empujado
ni me ha traído
acuérdate Lucinio
este verano
cuando el pantano baje
ir al collado.
Y en la tumba de madre
ponle un recado.

También piensa en Vicente
y en Indalecio,
que bajo tanta roca
quedaron yertos.
Por aquí veo a sus viudas
con sus aprietos.

Escúpele al pantano
y a quien lo hizo
que nos quitó la tierra
casa y panizo.
Y al fin tras tantas horas
nada tuvimos.

De todo lo que daban
nada nos dieron.
Trabajo para los hombres
aquí lo hicieron.
A todas horas ruido,
sofoco y miedo.

Algunas veces pienso
ir al pantano
y cuando esté bien lleno
tirarme dentro
y hundirme a estar contigo
como hace tiempo.

________
Letra y música: José Antonio Labordeta (1975).
(Violoncelo: Eduardo Gattinonni / Contrabajo: Manolo Rosa / Guitarra y percusión: Alberto Gambino / Grabado en los Estudios Kirios en marzo de 1975).
Fotografía carátula: Pepe Rebollo.
Fue una publicación de Movieplay (Serie Gong) – Madrid.
Artículo publicado originalmente en el blog Puro vinilo.

 

AUDIO:


My Way

Publicado por admin on Miércoles, 25 Noviembre, 2009

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Recuerdo que era una tarde cualquiera. Y ahora ustedes podrían preguntar, con toda la razón del mundo: «¿Qué es una tarde cualquiera?», todas las tardes son «cualquiera» si nos atenemos a la oración anterior. Las tardes, como las mañanas o las noches, se suceden como consecuencia de la rotación de la Tierra sobre su eje mientras gira alrededor del Sol. Visto así, el comienzo de este texto es una chapuza (es probable que la continuación también, pero eso conviene que no sea yo quien lo diga).

Nina SimoneOtra cosa es que hubiera desarrollado más la frase, que hubiera especificado por qué era una tarde cualquiera para mí.

Cuando decimos que una tarde es «cualquiera» convenimos, por lo general, en que fue un lapso de tiempo en el que no pasó nada —o nasti, para decirlo en castizo—, una tarde que desapareció del recuerdo sin dejar rastro de lo visto u oído, del tiempo que hacía, de lo que se pensaba hacer por la noche o a la mañana siguiente, de cómo se presentía el futuro (el inmediato o bien el a más largo plazo, en cuyo caso se podría hablar de sueños)… En cambio, cuando pasa algo que por alguna razón nos conmueve, recordamos con bastante precisión cuándo y dónde ocurrió, la tarde o, mejor dicho, el momento especial que vivimos aquella tarde (o noche, o mañana) adquiere presencia para toda la vida. Pienso que así funcionan los recuerdos, que cuando no pasa nasti esos momentos vividos se olvidan para siempre, podríamos decir que mueren sin lograr perpetuarse, y, por el contrario, cuando ocurre un hecho que para nosotros sí es importante lo retenemos para siempre en la memoria. Hasta la enfermedad de Alzheimer parece respetar este mecanismo y sólo actúa sobre los sucesos vividos de forma más inmediata, respetando, por razones que aún no se saben, aquellos que acaecieron muchos años atrás y dejaron su huella (indeleble, al parecer) en la mente del enfermo.

Esta digresión que antecede, es probable que innecesaria, tiene que ver con la canción My Way, una pieza clásica del siglo pasado que dio perenne fama a Frank Sinatra: hoy muchos jurarían que la escribió él, son cosas de la gloria. La letra de My Way, sin embargo, la escribió Fred Brott y fue adaptada por Paul Anka quien, a su vez, tomó la música de la canción francesa Comme d’habitude, escrita por Claude François y Jacques Revaux, con letra en francés de Claude François y Gilles Thibaut la cual se perdió en este intrincado camino. Conclusión, preguntamos a alguien: ¿Quién es el autor de la famosa canción My Way?, es evidente que nadie se sabe de memoria el anterior galimatías y, como máximo, responderá que Anka (eso si no dice que fue Elvis Presley, quien también la cantó).

Escribir una canción sobre toda una vida es, debe ser, muy complicado, si la misma se refiere a una persona en concreto. ¿Qué partes de una vida se recuerdan como importantes? ¿Qué otras partes se habrán olvidado? La vida que se pretenda cantar no puede ser una vida cualquiera… Sin embargo, al autor le queda el recurso del arquetipo; My Way es un ejemplo, a mi entender, de ello: en sus estrofas late el ideal de la libertad individual y el romanticismo (entiéndase éste como la capacidad de enlazar de forma poética los recuerdos) que todos los seres humanos llevamos dentro en menor o mayor cantidad. Los versos de My Way elevan los recuerdos a categorías en donde todos podemos, de una u otra forma, vernos representados. Las estrofas que escribiera Brott siguen explicando, de forma poderosa, que es posible acertar y errar y, ante la muerte; tener la potestad de decir:

«Pues ¿qué es un hombre?, ¿qué es lo que ha conseguido?
Si no es a sí mismo, entonces no tiene nada.
Decir las cosas que realmente siente.
Y no las palabras de alguien que se arrodilla.
Mi historia muestra que asumí los golpes.
Y lo hice a mi manera.

Sí, fue a mi manera.»

Aquella tarde, pues, era una tarde cualquiera. Y como me aburría fui a escuchar música a casa de un amigo. La puerta de su casa la abrió su madre, a quien le pregunté si estaba él. Me dirigí hacia su habitación y cuando entré en ella vi que él estaba tirando libros por la ventana: El Manifiesto Comunista, de Karl Marx y El capital monopolista, de Paul M. Sweezy, entre otros… Luego, puso un disco de Nina Simone, desde donde escuché por primera vez la versión de My Way en la voz de alto de la cantante norteamericana, y dijo:
—Esto sí que es verdadera cultura popular: es la música para el pueblo del futuro.

Todavía alguna tarde, cuando me parece que se va a convertir en una tarde cualquiera, escucho a Nina Simone…
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Del blog Puro vinilo

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