
Unicornio
Al llegar a casa, tan cansado, nada más abrir la puerta me vino un aroma a rosa de añil.
Dejé la cartera en el sofá y vi al unicornio en el salón.
Pensé que hacía dos días que no regaba mis plantas y eché de menos a Henry el gato.
Le vi dormido en el alfeizar de la ventana inmerso en un sueño en el que trepaba una escalera hacia la cara oculta de la luna.
El unicornio me miró con sus ojos azules.
Pero yo pensé que ya era demasiado tarde.
Saqué la pistola de la cartera y la puse sobre la televisión.
Luego fui al cuarto de atrás y tiré el ordenador por la ventana. Oí cómo caía blandamente sobre el césped. Yo nunca arrojaría mi ordenador sobre una superficie dura para que se rompiera. Sólo quería despedirme sin demasiados protocolos.
Él siempre hizo lo que pudo, a pesar de Microsoft.
Saqué mis tres guitarras y les quité las cuerdas.
Luego me serví tres cervezas y abrí el paquete de tabaco.
Cuando abrí la primera ya me estaba bebiendo la tercera.
Las matemáticas no siempre cuadran.
El unicornio me miró con sus ojos azules.
—No tengo nada que decir —le dije.
Él se inventó un campo de hierba y se puso a pastar.
A mí me pareció bien.
Yo siempre he vivido en los páramos y he logrado algo parecido a la supervivencia.
Mejor, la vida a secas.
Cuando el unicornio cogió la pistola y apretó el gatillo yo andaba ya por la sexta cerveza.
Había abierto la segunda, pero las matemáticas no siempre cuadran.
Me sorprendió la ausencia de sangre y el gran silencio que vino a continuación.
Me vino un aroma a rosa de añil.
El unicornio se desplomó sobre la alfombra y Henry el gato volvió de su viaje a la luna.
—¿Qué hay? —me dijo.
—¿Eres idiota, Henry? He vuelto del trabajo y he tenido una pesadilla. Otra vez estaba en el puto mátrix.
Henry se rascó la nuca.
—¿Por qué no bajas a coger el ordenador y le pones las cuerdas a tus guitarras, Preston?
—Porque el unicornio se ha suicidado.
Yo me había bebido ocho cervezas y estaba abriendo la cuarta.
Las matemáticas, realmente, no son exhaustivas.
—Ve a dormir, Preston, ese ensayo que estás escribiendo sobre la coherencia humana te está dejando sin sueños.
Me fui a la cama, no tenía ganas de discutir con Henry. Él sólo es un jodido gato sin sociología adversa.
Cuando entré en las sábanas frías, ahí estaba el unicornio.
Me miró con sus ojos azules.
Pero yo ya había perdido la cuenta de las cervezas que me había tomado y decidí darme otra oportunidad.
Fui a regar mis plantas.
Mientras entraba en la recámara del sueño, antes del último disparo, oí que el gato Henry y el unicornio cuchicheaban.
Xavier de Tusalle
Escritor y editor. Presidente del Círculo independiente Ñ de escritores.
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Publicado originalmente en la Red social de CiÑe (© abril de 2009)


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