Archivo de Diciembre, 2009

Profecía

Publicado por admin on Viernes, 25 Diciembre, 2009

profecia

           

            LOS ÚNICOS QUE PUEDEN JACTARSE de predecir el futuro son los médicos. Entre los adivinadores de pega, la pitonisa, por ejemplo, marea las cartas o impone las manos a la bola de cristal para ver cómo va estar de salud, dinero y amor -por este orden- el pringado a quien va a embaucar en breve. «Usted va a vivir muchos años, gozará de una larga vida sin achaques ni enfermedades graves», le dice al primo que está sentado ante una mesa camilla redonda como la bola de cristal que luce entre ambos, o, si es otra la onda, frente a los arcanos que se despliegan sobre el terciopelo oscuro que cubre la mesa: El Mago, La Torre, El Ahorcado, irán saliendo despacio del mazo de naipes… Antes, adivinar el futuro era cuestión de buscar signos entre cosas revueltas como las tripas de un animal, las runas esparcidas sobre una manta, los oscuros restos del té en el fondo de una taza o los millones de estrellas que hay en el universo.

            Dice Turco que todo esto son gilipolleces, cosas del ayer, pero él también se acojonaría si le pronosticaran la muerte en breve. ¿Acaso el ordenador del médico no se puede comparar con la bola de cristal?, ¿las hojas de papel, que pasan despacio ante la geta del matasanos, no se parecen a un tarot en el que La Muerte es una etiqueta blanca con códigos de barras?, está claro que sí, le digo a Turco, pero sólo se asemejan, porque ellos, los médicos, aciertan siempre: introducen en el aparato los datos de los papeles y, con gesto serio ellos no tienen por qué hacerse los graciosos con el cliente, dictan la profecía.
            Me joden los profetas sentencia Turco.
            Sí, jeringa que te digan que algo va a pasar y que eso ocurra… he ido a buscarle al bar de la Carrera 12, a la hora que me dijo Lía. En esta ocasión no se trata de un negocio cualquiera.
            ¿Y ésta es la milonga que te trajo desde Buenos Aires? No me hagas perder el tiempo, gallego…
            Bien. No hay que hacerle perder el tiempo.
            Él tiene razón, la historia no le interesa. Tampoco tiene por qué saber que hace unos meses me diagnosticaron una grave enfermedad desconocida:
            ¿Ha estado usted en Burundi hace poco…? el tipo de la bata blanca me miró con sus ojos acristalados y se atusó la melena castaña.
            ¿Dónde dice…?, ¿por qué iba yo a ir a ese lugar?
            Ahora la gente va por todas partes miró el ordenador que me acababa de sentenciar a muerte-. En ese país africano es donde se supone que se originó la enfermedad… Es muy rara y por eso no se habla de ella. Es una enfermedad de las que llamamos huérfana, pero existe y los síntomas ya se van conociendo bien: por desgracia usted fallecerá en un año, más  o menos. No hay tratamiento que pueda impedirlo, nadie lo ha estudiado todavía… Y, perdóneme que ahora le haga una serie de preguntas: ¿Se ha relacionado con alguien que sea de Burundi, o haya estado allí…?
            La verdad es que estuve a punto de dar una hostia a aquel médico en estos momentos de la conversación. Alguien tenía que pagar el marrón que me acababa de comer, pero ¿de qué me hubiera servido? Después de los primeros momentos de irritación que sentí ante las preguntas fui hundiéndome poco a poco; me contó los síntomas que aparecerían llegado el momento y cómo moriría pocos días después. El tipo sabía mi porvenir.
            Bebo un trago de ron y miro al Turco:
            No, hablaba de cosas mías. He venido porque tengo un encargo que hacerte. Lía me ha dicho que tú eres el indicado.
            ¡Ah!, qué rebuena la negra… Abrevia, gallego…
            Quiero que peles a un tío me observa, quizá con sorpresa, resulta imposible adivinar lo que piensa-. En Barcelona, para más señas.
            Después de recibir la noticia de que iba a palmarla me recluí durante un tiempo, supongo que es lo normal. Sin embargo, con el paso de los días el runrún de la muerte certificada que me tenía obsesionado se fue alejando, como si hubiera quedado encerrado en un trastero de mi cabeza y sólo golpeara de vez en cuando, intentando salir.
            Luego me di cuenta de que si todo se iba a acabar, todo estaba permitido. La maldad es compañera de la desesperación. Sin futuro, rehice el presente con todo lo que no me había atrevido a hacer hasta ese momento, como si hubiera vuelto a nacer y estuviera aprendiendo a caminar de nuevo, ¿qué importaba ya lo que pudiera pasarme?
            Niebla en los bolsillos. Tormenta en las manos. Entonces conocí a Lía. Con ella estuve en algún callejón, en varias esquinas, entre las sombras, contra todo, ante la nada.
            Turco, tomemos otro ron.
            El tipo que te digo tiene melena castaña, usa gafas y viste siempre de negro. Los quince de cada mes va a un cabaret cerca de Las Ramblas -le doy unas fotos-, es fácil reconocerle…
            Tampoco le voy a contar que una tarde leí en Internet: «Enfermedades huérfanas. Anemia de Fanconi. Irideremia. Síndrome de Burundi…». Ante la pantalla pensé que no merecía la pena molestarse, había consultado ya a muchos médicos, pero cogí el avión y fui a visitar aquella clínica en Nueva York: 
            Enhorabuena. Usted no tiene el Síndrome me dijo el médico, un paquistaní con barba blanca, después de bucear en un pilo de hojas. En su momento, usted se puso la vacuna contra la Gripe A y el fármaco le dañó la enzima que regula el EDL, eso produjo la confusión en el diagnóstico, comprensible por otra parte, pues… Etcétera. No recuerdo nada más de lo que dijo. El vaticinio asesinado, Turco; suenan unas sirenas en la cercana Diagonal 7, la policía nunca encontrará al fiambre.
            Comprendí, poco después, que la noticia de que no padecía la enfermedad era más aterradora que saber que moriría a ciencia cierta, ¿ves, Turco?: hasta el lenguaje recoge lo inapelable de las profecías que se dictan en las salas blancas de la cábala. No sabía seguir sin mi muerte anunciada porque tendría que buscar coartadas para mi nueva vida, que ahora me parece aterradora, y volver atrás me resulta imposible. Ya no podría vivir justificando el futuro, es como querer a una mujer con la idea de que algún día envejeceréis juntos. Rutina.
            Lía, ¿querrías compartir toda la vida conmigo? Yo contigo, no.
            Turco se levanta y deja que pague la cuenta… 

            En la habitación del hotel me miro al espejo y compruebo que la peluca castaña esté en su sitio. Me pongo unas gafas. El traje negro me sienta bien. Es curioso: el ruido sordo en el trastero de mi cerebro ha desaparecido. Turco ya estará cerca de Las Ramblas. No habrá ningún problema, es un profesional. Cierro la puerta y me dirijo hacia el ascensor. Malditos sean los profetas.

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©
Pedro M. Martínez (2009)


Pedro M. Martínez / Imágenes

Publicado por admin on Viernes, 25 Diciembre, 2009

 

 

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Me podrán matar, pero no morir («Violent Stories»)

Publicado por admin on Viernes, 25 Diciembre, 2009

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They Can Kill Me But I Will Not Die *
 

“They are hunting you down to kill you,” her father said for the tenth time. She counted the nine scars on her body and answered: “They can kill me, but I won’t die.” 

When she raises her head in the cell with its chalky walls, she confronts the savage faces of her torturers. The biggest one, with a bushy mustache and a pistol in his belt, smiles and looks into her eyes. “So you’re the immortal one?” he says, removing her shoes, belt, buttons, and wristwatch so she can neither run nor know what hour or day it is.  

Blindfolding her, they take her by the arms and lead her through a passageway. She can barely move, as though walking along the edge of a cliff. They put her in a room that stinks of death, yank off her clothes and tear the blindfold from her eyes.

For a while, still hardly able to see because of the painful light, she observes men entering and leaving the room, and a dog wagging its tail. The animal’s mouth is flecked with drool. He sniffs. He licks. He moves away, crawling between his master’s legs. In the next room, she sees a table with electronic controls; a bright light, a bucket, a radio, a cot, and several hooks chained to the wall. On the other side of the window is a dark, cold street where the wind blows so violently it can lift rocks and hurl them against the doors.

One of the torturers comes up behind her and puts a hood over her head. Another manhandles her body and cuffs her wrists. The torture ritual begins. First there is the simulated execution, then the “submarine” in a bucket filled with urine and spit. They tilt her and submerge her head again, pulling her nipples with iron hooks. On the verge of asphyxiation, she opens her mouth and faints.

They remove the hood…

When she regains consciousness, she hears far-away voices, as if she were waking from a nightmare. She is tied to the cot, her arms and legs spread. She looks at the ceiling and has the sensation of floating in midair. A man’s shadow passes before her eyes and a burning cigarette comes down toward her breast. She screams and they turn up the volume on the radio.

They run the picana - an instrument for delivering electric shocks - from one end of her body to the other. The picana has two well-braided and spliced cables. They put one cable in her mouth and the other in her rectum. With the first shock, she feels her head and body explode. Then, one after another, the men and the dog rape her until her insides split. Not satisfied, some of them urinate in her face and others beat her with their rifle butts. They pick her up, her blood dripping in the emptiness, and drag her through the hallways to the last cell, where she remains in solitary confinement, handcuffed to the wall, bread and water her only consolation.

When she awakens from her nightmare, she sees a ray of light that breaks through the darkness of the cell. She touches her body, which feels as though it isn’t there, and with a thread of blood on her lips she repeats: They can kill me but I will not die…

 

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Me podrán matar, pero no morir 

 

Te buscan para matarte, le dice su padre por décima vez. Ella cuenta las nueve cicatrices de su cuerpo y contesta: Me podrán matar, pero no morir… 

Al levantar la cabeza entre paredes calcáreas, se enfrenta al rostro salvaje de sus torturadores. Uno de ellos, el más corpulento, bigote poblado y pistola al cinto, le sonríe mirándole a los ojos. ¿Así que tú eres la inmortal?, dice, mientras le quita los zapatos, el cinturón, los botones y el reloj, para que no pueda huir ni sepa qué hora o qué día es.  

Le cubren los ojos con una venda y la conducen asida de los brazos por un pasillo. Ella se mueve apenas, como caminando en falso al borde de un precipicio. La introducen en una habitación que apesta a muerte. La desnudan a zarpazos y le arrancan la venda de los ojos. 

Por un tiempo, dificultada todavía por la luz hiriente, observa a hombres que entran, salen y entran, y a un perro que bate la cola. El animal tiene el hocico babeante. Huele. Lame. Se aleja y se mete entre las piernas de su amo. En la habitación contigua, mira una mesa con mandos electrónicos: un reflector, un recipiente, una radio, un catre y varios ganchos con cadenas en la pared. Al otro lado de la ventana hay una calle oscura y fría, donde el viento sopla con una violencia capaz de levantar piedras y arrojarlas contra las puertas. 

Un torturador se le acerca por la espalda y la encapucha. Otro le manosea el cuerpo y la esposa las muñecas. Comienza el ritual de la tortura. Primero es el simulacro de fusilamiento, después el submarino en el recipiente de orines y escupitajos. La inclinan y sumergen en la bañera, tirando de sus pezones con ganchos de hierro. Ella, a punto de asfixiarse, abre la boca y se desmaya.

Le retiran la capucha… 

Recobra el conocimiento y escucha voces lejanas, como despertando de una pesadilla. Está atada al somier, los brazos y las piernas abiertas. Clava la mirada en el techo y tiene la sensación de estar flotando a cielo abierto. La sombra de un hombre cruza por sus ojos y una brasa de cigarrillo desciende hasta su pecho. Ella lanza un alarido y ellos suben el volumen de la radio. 

Le recorren la picana de punta a punta. La picana tiene dos cables bien trenzados, bien empalmados. Aplican un cable en la boca y el otro en el ano. A la primera descarga, ella siente estallar su cabeza y cuerpo como vuelto esquirlas. Seguidamente, los hombres y el perro la violan hasta reventarla por dentro. No conformes con esto, unos le orinan en la cara y otros le descargan golpes de culata. La levantan esparciendo su sangre en el vacío y la arrastran por unos pasillos hasta la última celda; allí queda incomunicada, con las manos esposadas a la pared y sin más consuelo que pan y agua. 

Cuando despierta de su pesadilla, mira un rayito de luz atravesando la oscuridad de la celda. Se toca el cuerpo que parece inexistente y, con un hilo de sangre en los labios, repite: Me podrán matar, pero no morir…

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Este relato pertenece al libro Violent Stories (Ed. Mandala & LápizCero - Revista Almiar; 2009) , del escritor boliviano Víctor Montoya.

Página original de publicación en Revista Almiar