
Autorretrato (2007)
En Madrid hay un callejón llamado del Gato en donde «las bravas gentes cuidan el tabernáculo de los espejos, donde los peregrinos se quitan el cráneo...». Peregrino de la cámara, al fin, busco en el reflejo distorsionado de uno de los espejos una imagen que llevarme a la boca, antes de entrar, como mandan los cánones, a degustar la salsa patentada de Las Bravas. Me parece ver un vagón de metro en el sueño de azogue, oscuro como la noche de Max Estrella —el pontífice del Esperpentismo—, una mujer inmigrante que parece regalarme un beso y un ensimismado viajero con gafas; alguien canta y toca el acordeón en el vagón (me gustaría que la canción pidiera al reloj que no marque las horas).
